martes, 3 de febrero de 2026

Sentirlo todo cansa

Sentirlo todo cansa. No porque sentir sea algo malo, sino porque no se queda solo en la mente. Se va acumulando en el cuerpo, en el ánimo, en la forma en la que atravieso el día. Cansa filtrar palabras, discusiones, emociones ajenas. Y entender eso también ha sido parte del proceso: aceptar que necesito pausas, límites y momentos de silencio para no agotarme por completo.

Durante mucho tiempo me han dicho que soy “muy sensible”. Que siento demasiado, que pienso demasiado, que me tomo las cosas muy a pecho. Y durante mucho tiempo lo creí. Pensé que era un defecto, algo que tenía que corregir o aprender a esconder.

Lloro por muchas cosas. Por una canción, por una escena, por una historia que alguien me cuenta. Incluso cuando esa persona ya está “bien”. No es lástima. Es más bien que lo siento conmigo. Me pasa que no me quedo solo con lo que ocurrió, sino con lo que esa persona cargó por dentro.

Hace poco me pasó algo que, en teoría, era pequeño: comentar un video en redes sociales. No fue una pelea grave ni un tema importante. Aun así, mi cuerpo reaccionó como si lo fuera. Sentí impotencia, enojo contenido, ansiedad. Me temblaban las manos, me ardían las orejas, me costaba respirar. Más tarde incluso me mareé. Y ahí entendí algo que antes no tenía tan claro: no todas las personas vivimos las emociones de la misma manera.

En mi caso, sentir no se queda solo en la cabeza. El cuerpo participa. Las discusiones se vuelven tensión, cansancio, malestar físico. Las palabras se me quedan pegadas más tiempo del que quisiera. Y durante mucho tiempo pensé que eso significaba que yo era débil, que exageraba, que debería “aguantarme más”.

Con el tiempo he entendido que no es así. Ser sensible no significa no soportar la realidad, sino percibirla de otra forma. Estar muy conectada con lo que siento y con lo que sienten los demás. Y eso también tiene un costo: el mundo a veces se siente demasiado ruidoso, demasiado rápido, demasiado duro.

También he aprendido que no todos los espacios son para mí. Las redes sociales, sobre todo las que funcionan a base de reacción rápida y discusiones sin matices, no siempre son lugares amables para personas sensibles. Elegir no comentar, silenciar o retirarme no es huir. Es cuidarme.

Antes confundía fortaleza con aguantarlo todo. Ahora empiezo a entender que la fortaleza, para mí, está en decir: esto me hace daño, aquí pongo un límite. En guardar silencio cuando hablar me lastima. En elegirme, incluso cuando nadie lo nota.

No estoy aprendiendo a sentir menos.
Estoy aprendiendo a proteger lo que siento.

Si tú también lloras por historias ajenas, si te afectan palabras pequeñas, si alguna vez te han hecho sentir “demasiado intensa” o “demasiado emocional”, quiero decirte algo: no hay nada roto en ti. Tal vez solo necesitas espacios más amables. Y permiso para cuidarte.

Si prefieres no dejar un comentario, dejé un botón de “me gusta” al final de la entrada. Lo voy a agradecer mucho, porque me ayuda a saber si llegaste hasta el final y si de alguna forma esto te acompañó, aunque sea un poquito.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario